La fiesta en los años 50

El 8 de diciembre, día grande para los poblanchinos, era conocido también popularmente como la feria chica

La imagen de la Inmaculada Concepción a su paso en procesión por la parroquia de Puebla de la Calzada.

De vez en cuando las personas echamos la vista atrás para rememorar lo felices que fuimos, pero no siempre mirar hacia atrás es una buena señal. Podríamos recordar cuando en nuestras casas no teníamos agua corriente, cuando las calles aún eran de tierra o empedradas, cuando a la escuela íbamos con un solo libro, la enciclopedia Álvarez.

Estas líneas hilvanadas con el hilo del recuerdo no están redactadas para que sean un simple testimonio de cómo era nuestro pueblo en la década de los cincuenta, sino que tienen como finalidad, o al menos es los que se pretende, una labor de defensa y exaltación del culto a la Inmaculada Concepción, 'La Pura', patrona de Puebla de la Calzada, cuya fiesta es celebrada con gran solemnidad el día 8 de diciembre.

Los vecinos de la Puebla, desde tiempos inmemoriales fueron atraídos por la belleza de la imagen de la Virgen, y llegaban a la ermita a admirar a la Purísima.

Pero volvamos varias décadas atrás. Vamos a imaginarnos por un momento como era el pueblo en aquella época. Baste decir que cuando finalizaba la calle Concepción hasta llegar a la ermita no había nada edificado, solo se podía contemplar el camino o carretera vieja Puebla-Lobón. La ermita estaba totalmente aislada de la población en aquellos años, y la misma estaba a cargo y a la vez custodiada durante el día por una señora muy viejecita. Si no me falla la memoria creo que se trataba de la abuela de Pedro Piedehierro Barroso. Esta señora permanecía en el interior de la ermita con la puerta entreabierta esperando que algún devoto se acercara hasta allí para hacerle una visita a la Virgen.

Recuerdo lo que significaban las fiesta que se celebraban en honor a la Pura. Apunto de finalizar el mes de noviembre, se procedía el traslado en procesión de la imagen de la Virgen desde la ermita hasta la parroquia para que días inmediatamente después dieran comienzo las novenas en su honor. En esa época ejercía de cura párroco en Puebla Manuel Calvo Chávez, el sacerdote que siempre vivió su vocación y quien supo estar cerca de todos sus feligreses, compartiendo momentos de gozo y quien junto a sus colaboradoras las camareras de la Virgen, organizaban y coordinabas todos y cada uno de los actos religiosos. Durante el periodo de las novenas noviembre/diciembre, lo desapacible del clima en esta época del año no era obstáculo alguno para que la Iglesia estuviera todos esos días completamente llena de fieles.

El día 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, había un programa apretado que comenzaba por la mañana con la celebración de una misa solemne. Era una fecha ideal para que muchas personas aprovechasen para estrenar las típicas prendas de invierno, como podrían ser los abrigos, las gabardinas, y los hombres mayores lucían sus pellizas. El 8 de diciembre era un día grande, un día muy especial para todos los poblanchinos, que se conocía también este día popularmente como la feria chica.

Sobre las tres de la tarde de ese mismo día, la imagen de la Virgen, iniciaba su regreso a la ermita.

La llegada a la zona del parque en aquella época del año te daba la sensación de respirar un cierto olor a tierra mojada. En este lugar se establecían vendedores y puestos ambulantes, ofreciendo sus productos al público en general, uno de los productos que más llamaba la atención eran las primeras naranjas procedentes de Valencia. Ni que decir tiene que el lugar era lo más idóneo para concentrarse grupos de jóvenes de diferentes edades, numerosas parejas de enamorados paseando, y matrimonios con sus hijos pequeños. En resumen un verdadero ambiente festivo de júbilo y alegría.

Pero el verdadero centro de atención, precisamente estaba en las proximidades y puertas de la ermita. Una vez finalizada la procesión la imagen de la Purísima era expuesta para que fuera testigo, como se llevaba a cabo el 'ramo' o 'puja', que se celebraba en su honor. Consistía en la subasta de piezas de caza capturadas previamente por devotos de la Virgen; igualmente se subastaban varios regalos ofrecidos por los vecinos del pueblo. Una vez finalizados estos actos, la virgen era despedida un año más con mucho alborozo por parte de todos los poblanchinos.

Aún quedaban alguna horas más, para seguir disfrutando de este día especial. La gente se trasladaba al centro del pueblo para asistir a los bailes ubicados en la calle Herradores y calle Rosario, o visitar los bares de más solera, El Kiki, El Niño Paco, El Pelúo, o el Casino. También podías disfrutar con las atracciones de ferias instalada en las proximidades de la plaza. Y de esta manera transcurría estos días festivos en honor a la Inmaculada Concepción 'La Pura', la Virgen de los poblanchinos.